Bueno, parece que la expedición ya ha conseguido la ansiada y peleada cumbre y vuelven al CB. Me alegro, primero porque los que quedaban lo hayan logrado (muchos se volvieron antes por diversos motivos y otro no volverá) y porque si regresan al campamento base podrán acompañar al helicóptero en su reconocimiento del GII, ya que era condición imprescindible que alguien de la expedición les acompañara.
Ya la premura no es la misma que la de los primeros días, y todos, poco a poco, vamos haciéndonos a la idea de que Luis no volverá, pero sí nos gustaría encontrarle. La embajada nos está ayudando mucho y tenemos esperanzas, aunque parece que el búlgaro que hizo cumbre recientemente no encontró rastro alguno de Luis ni en el C3 ni en el camino a la cumbre. Quizás se lo tragó la montaña y nunca le encontremos. A mí personalmente me gustaría recuperar su cámara, ver al menos lo que él vivió y fotografió esos últimos días; bueno, en realidad lo que más me gustaría es que volviera para enseñarnoslas él de primera mano, pero nos volvemos prudentes y resignados, y cada vez pedimos menos, conocida la crueldad de esa montaña, que él adoraba.
En fín, si finalmente lo encontramos seréis los primeros en saberlo, sino, quién sabe, quizás el destino quiera mantener el secreto, quiera conservar la duda de lo que hizo la luna esa oscura noche...
martes, 4 de agosto de 2009
sábado, 1 de agosto de 2009
ISHINCA, 5534 MT

,+3.650+Mt.-+Arrieros+y+compa%C3%B1ero-+Inicio+de+la+marcha+de+aproximaci%C3%B3n.jpg)








"Las pasiones humanas
son un misterio,
y a los niños les pasa lo mismo
que a los mayores.
Los que se dejan llevar por ellas
no pueden explicárselas,
y los que no las han vivido
no pueden comprenderlas.
Hay hombres que se juegan la vida
para subir a una montaña.
Nadie, ni siquiera ellos, pueden explicar
realmente por qué"
Michael Ende, la Historia interminable
Hoy es sábado y no tenemos noticias de Pakistán. La luz de la esperanza se oscurece en nuestros corazones. Todos callamos e intentamos descansar entre llanto y sobresalto.
Hoy no hablaré de estos últimos días, contaré una historia para nuestra prima Sara, hija de Luis, porque Luis querría vernos reir y soñar...
" "El viejo de la montaña errante" de Michael Ende, en el capítulo que dedica en su libro
La Historia Interminable, a la letra L, de LUIS
"Los aludes se precipitaban atronando por las escarpadas laderas de las montañas. Tempestades de nieve se desencadenaban entre las torres de roca de las acorazadas crestas de hielo, caían aullando por cuevas y quebradas y barrían de nuevo las amplias superficies de los glaciares. En aquella comarca no era un tiempo insólito, porque las Montañas del Destino -que ése era su nombre- eran las mayores y más altas de toda Fantasia, y su cumbre más formidable llegaba literalmente hasta los cielos.
En aquella región de hielos eternos no se atrevían a adentrarse ni los más arriesgados alpinistas. O, dicho más exactamente: hacía ya tantísimo tiempo que alguien había conseguido escalarlas que nadie lo recordaba. Porque ésa era una de las leyes incomprensibles de las que tantas había en el reino fantásico: las Montañas del Destino sólo podían ser vencidas por un escalador cuando el anterior hubiera sido olvidado por completo y no hubiera tampoco inscripción alguna, en piedra o en bronce, que lo recordara. Por eso, todo el que lo lograba era siempre el primero.
Allí arriba no podía existir ningún ser viviente, salvo algunos gigantescos gelidones... si es que éstos podían considerarse como seres vivos, porque se movían con una lentitud tan inconcebible que necesitaban años para dar un solo paso y siglos para un pequeño paseo. Por eso era evidente que sólo podían relacionarse con sus congéneres y no tenían la más mínima idea de la existencia de los restantes seres del mundo fantásico. Se creían los únicos seres vivientes del universo.
Y por eso miraban desconcertados, con ojos saltones, aquel diminuto puntito de allí abajo que, por caminos serpenteantes, por salientes de roca apenas transitables de paredes verticales relucientes de hielo, por crestas agudas como cuchillos y por barrancos y grietas profundos, se iba acercando cada vez más a la cumbre.
Era la litera de cristal en que descansaba la Emperatriz Infantil y que era transportada por sus invisibles poderes. Apenas se destacaba del entorno, porque el cristal de la litera
parecía un trozo de hielo claro, y la túnica blanca y los cabellos de la Emperatriz Infantil no podían distinguirse casi de la nieve de alrededor.
Llevaba ya mucho tiempo viajando; muchos días y muchas noches, con lluvia y bajo el ardor del sol, en tinieblas y al claro de luna habían llevado los cuatro poderes su litera, siempre adelante, como ella les había ordenado, siempre adelante, a cualquier parte. Ella no hacía diferencia alguna entre lo que le era soportable y lo que le podía resultar insoportable, lo mismo que antes, en su reino, había permitido por igual las tinieblas y la luz, lo hermoso y lo feo. Estaba dispuesta a exponerse a todo, porque el Viejo de la Montaña Errante podía estar en todas partes y en ninguna.
Sin embargo, la elección del camino que recorrían los cuatro poderes invisibles no era totalmente casual. Cada vez con mayor frecuencia, la Nada, que se había tragado ya países enteros, les dejaba un solo sendero como única escapatoria. A veces era un puente, una cueva o una puerta, a través de los cuales podían escabullirse; a veces eran incluso las olas de un lago o de un brazo de mar, sobre las que los poderes transportaban la litera con su moribunda, porque para aquellos porteadores no había diferencia entre mar y tierra.
Y así habían subido finalmente al mundo de picachos erizados de hielo de las Montañas del Destino, y seguían subiendo, irresistible e incansablemente. Y mientras la Emperatriz Infantil no les diera otra orden, seguirían subiendo. Pero ella estaba echada en sus cojines, tenía los ojos cerrados y no se movía. Así estaba ya desde hacía tiempo. Y lo último que había dicho era aquel «¡a cualquier parte!» que había ordenado al despedirse de la Torre de Marfil.
En aquella región de hielos eternos no se atrevían a adentrarse ni los más arriesgados alpinistas. O, dicho más exactamente: hacía ya tantísimo tiempo que alguien había conseguido escalarlas que nadie lo recordaba. Porque ésa era una de las leyes incomprensibles de las que tantas había en el reino fantásico: las Montañas del Destino sólo podían ser vencidas por un escalador cuando el anterior hubiera sido olvidado por completo y no hubiera tampoco inscripción alguna, en piedra o en bronce, que lo recordara. Por eso, todo el que lo lograba era siempre el primero.
Allí arriba no podía existir ningún ser viviente, salvo algunos gigantescos gelidones... si es que éstos podían considerarse como seres vivos, porque se movían con una lentitud tan inconcebible que necesitaban años para dar un solo paso y siglos para un pequeño paseo. Por eso era evidente que sólo podían relacionarse con sus congéneres y no tenían la más mínima idea de la existencia de los restantes seres del mundo fantásico. Se creían los únicos seres vivientes del universo.
Y por eso miraban desconcertados, con ojos saltones, aquel diminuto puntito de allí abajo que, por caminos serpenteantes, por salientes de roca apenas transitables de paredes verticales relucientes de hielo, por crestas agudas como cuchillos y por barrancos y grietas profundos, se iba acercando cada vez más a la cumbre.
Era la litera de cristal en que descansaba la Emperatriz Infantil y que era transportada por sus invisibles poderes. Apenas se destacaba del entorno, porque el cristal de la litera
parecía un trozo de hielo claro, y la túnica blanca y los cabellos de la Emperatriz Infantil no podían distinguirse casi de la nieve de alrededor.
Llevaba ya mucho tiempo viajando; muchos días y muchas noches, con lluvia y bajo el ardor del sol, en tinieblas y al claro de luna habían llevado los cuatro poderes su litera, siempre adelante, como ella les había ordenado, siempre adelante, a cualquier parte. Ella no hacía diferencia alguna entre lo que le era soportable y lo que le podía resultar insoportable, lo mismo que antes, en su reino, había permitido por igual las tinieblas y la luz, lo hermoso y lo feo. Estaba dispuesta a exponerse a todo, porque el Viejo de la Montaña Errante podía estar en todas partes y en ninguna.
Sin embargo, la elección del camino que recorrían los cuatro poderes invisibles no era totalmente casual. Cada vez con mayor frecuencia, la Nada, que se había tragado ya países enteros, les dejaba un solo sendero como única escapatoria. A veces era un puente, una cueva o una puerta, a través de los cuales podían escabullirse; a veces eran incluso las olas de un lago o de un brazo de mar, sobre las que los poderes transportaban la litera con su moribunda, porque para aquellos porteadores no había diferencia entre mar y tierra.
Y así habían subido finalmente al mundo de picachos erizados de hielo de las Montañas del Destino, y seguían subiendo, irresistible e incansablemente. Y mientras la Emperatriz Infantil no les diera otra orden, seguirían subiendo. Pero ella estaba echada en sus cojines, tenía los ojos cerrados y no se movía. Así estaba ya desde hacía tiempo. Y lo último que había dicho era aquel «¡a cualquier parte!» que había ordenado al despedirse de la Torre de Marfil.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

.jpg)



.jpg)






,+ni%C3%B1os+peruanos.jpg)